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Estambul

Posted by asociacionpya en septiembre 22, 2008

Estambul es una ciudad exótica a pesar de estar ya muy occidentalizada. Su población es mayoritariamente musulmana aunque existe mucha variedad racial.

En Estambul todo el mundo vende algo. En las tiendas, en el mercado de especias, en la calle… la gente más pobre… Los impedidos, no piden: venden pañuelos de papel, mecheros, baratijas de segunda mano, botones, cualquier cosa. Al convertir la mendicidad en venta callejera, imprimen una cierta dignidad a su pobreza.

La pobreza, (¡Ay!, nuestro Lazarillo todavía existe en Turquía) agudiza el ingenio. Los limpiabotas dejan caer su cepillo y si se lo devuelves eres su presa a través de un juego de agradecimientos y deudas forzadas. Y hay también pillería, trucos de vendedor (o de cazador) incluso entre los pudientes vendedores de alfombras que arreglados y muy bien vestidos salen a buscar compradores a la calle. Hablan idiomas, te llevan a su tienda… la venta es una ceremonia bien planeada que incluye compartir un té, hablar de tu país (en el que ellos siempre han estado o en el que incluso tienen una novia ¿?), todo un rito en el que quiere crearse confianza y armonía antes de iniciar la exposición del material, la negociación o el regateo y la venta. Las tiendas de más nivel tienen también un empleado singular, una persona de tu país que irrumpe en escena justo en el momento en el que dudas si comprar o no y que te asegura que siempre compra allí sus alfombras para traer a España. Geniales. Un mundo entero de historias para vender una alfombra.

Otro elemento básico de Estambul es el té.  Los turcos toman té varias veces al día: un té fuerte, oscuro, amargo, al que uno tarda en cogerle el gusto pero que acaba enganchando.  A cualquier hora del día, en cualquier rincón, en cualquier descampado, al lado de cualquier pared, al lado de un coche, puedes encontrar un grupo de hombres sentados en pequeñas sillas o banquetas, tomando té. Incluso existe un oficio que no existe aquí: el del repartidor de té que lleva los vasitos y la tetera en una bandeja colgante, de tienda en tienda, proveyendo varias veces al día a los comerciantes que no pueden salir de su negocio de esta bebida indispensable.

Estambul es una ciudad distinta, con carácter, segura, tranquila y agradable. Una capital monumental, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1985, que se asienta sobre dos continentes: Europa y Asia.  No hay que olvidar que Estambul es la antigua Bizancio, la antigua Constantinopla y que fue capital del imperio bizantino, del imperio romano de oriente y del imperio otomano. Una historia tan importante ha dejado restos que no hay que perderse en una visita por breve que sea: Santa Sofía, la Yeni Camii (la mezquita nueva), la mezquita de Sulimán el Magnífico, la Mezquita azul, el Palacio de Topkapi, la torre Gálata y el palacio Dolmabahce. Es imprescindible también cruzar los puentes llenos de cañas y pescadores y hacer un viaje en barco y recorrer el estrecho del Bósforo que discurre desde el mar de Mármara hasta el mar Negro. En sus orillas, casas aristocráticas, palacios, más mezquitas, puentes, casas de madera con galería y al volver, seguramente desde algún pueblo de Asia, unos atardeceres espectaculares: la silueta de los minaretes y las cúpulas de los templos en un increible cielo rojo.

Uno de los lugares mágicos pero menos conocidos de Estambul es Eyüp. El cementerio de Eyüp con su mezquita acoge los restos del mejor amigo de Mahoma y es dificil ver allí a ningún turista. Merece la pena el paseo hasta el recinto, la visita a la mezquita y la subida al café de Pierre Lotti desde donde las vistas son espectaculares. Si se entra con respeto (y las chicas con pañuelo), puede visitarse sin problemas el “Santiago” árabe, adonde peregrinan musulmanes de todo el mundo. En cuanto al cementerio, se parece muy poco a los occidentales, y está concebido como un parque, de manera que el paseo discurre entre las tumbas, muchas de famosos prohombres musulmanes, todas sin lápida, (los muertos se llevan al cementerio en sencillos ataudes de pino y se depositan directamente en la tierra) pero con preciosas estelas funerarias (las más antiguas en alfabeto árabe, las modernas en alfabeto latino).

Estambul es espectacular, pero hay algo que no puede mostrarse en una foto o un video, que sólo puede experimentarse allí, en la calle: cinco veces al día, la llamada a la oración desde cientos de mezquitas resuena por toda la ciudad mientras las calles se quedan casi en silencio. Las palabras, las voces de los muecines, se alzan para recordarnos que existe un dios, y uno allí, en medio de la confusión de cantos profundos y hermosos, se siente tan pequeño, que se agarra a ese dios o a todos los que nos han enseñado (los dioses que hemos aceptado o no). Dios existe. Al menos existe en Estambul.

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