Hay películas que he visto mil veces. Una de ellas es La boda de Muriel, una comedia australiana dirigida por P.J. Hogan en 1994 y protagonizada por dos actrices fabulosas: Tony Collette y Rachel Griffiths. La boda de Muriel parece una comedia y lo es: hilarante, con una más que adecuada banda sonora compuesta por canciones de Abba… es una comedia pero una comedia con sorpresa: salpicada de elementos agridulces, acaba dándole la vuelta a las películas sobre el sueño americano.
La protagonista es una chica gordita y torpe, que vive en el seno de una familia desastrosa. Muriel quiere triunfar en la vida y su sueño se encarna en un sólo hecho: casarse con un chico de buena apariencia. Será así (aunque su matrimonio sea falso) como ante la sociedad dejará de ser una “perdedora”. Pero a lo largo de la cinta Mariel (la nueva y popular Muriel se cambia hasta el nombre) evoluciona y aprende que el verdadero éxito no está en aparentar que todo en su vida es perfecto y que tener una vida “ideal” de cara a la galería no tiene nada que ver con alcanzar la felicidad.
Hay películas que pueden verse una y mil veces, porque contagian alegría. Una es La boda de Muriel. No os la perdais.

