De cómo, a golpes de djembé, Malik despertó la conciencia de Walter
Un día, el actor Tom McCarthy se hizo adulto, y decidió empezar a escribir y dirigir pelis; su primera obra, Vías Cruzadas (The Station Agent), ya fue una pequeña gran muestra de una tragicomedia independiente, premiada por crítica y público (aunque, como suele suceder a menudo, no vista por la suficiente gente).
En su segundo trabajo, nos deja una particular visión sobre la inmigración, sin grandes aspavientos, una mirada respetuosa, donde la economía expresiva da paso a la emotividad contenida, a la sutileza de una historia mesurada y maravillosa, en la que asistimos a la evolución de un personaje, un maduro profesor universitario de Connecticut, Walter Vale, a quien se le había “parado” la vida dos décadas atrás, hasta que conoce en Nueva York, por casualidades del destino, a la pareja formada por un sirio, Tarek, y una senegalesa, Zainab, ambos inmigrantes ilegales en esa antaño tierra de las oportunidades. Pero, ay, amigos, hubo una fecha, el 11 de septiembre del 2001, en la que casi todo cambió, y aquellos dos aviones dejaron algo más que un enorme hueco en lo que antes era el WTC, sembraron una semilla de miedo y desconfianza, los corazones se cerraron ante todo aquello que antes era bienvenido o, al menos, tolerado.
Los malos hados persiguieron a Tarek, confinado en uno de esos reductos del universal “vuelva usted mañana”, aquí llamado Departamento Americano de Inmigración. Pero antes de ello tuvo tiempo de tocar el corazón de ese viejo profe hastiado de la existencia, ese sonido del djembé hizo que el prota redescubriera que hay cosas por las que vivir, por las que avanzar, lo mismo que un día hizo Mouna, la madre de Tarek, cuando tuvo que irse de Siria.
En definitiva, a pesar de la sensación amarga que nos deja, la peli es una maravillosa historia de cambio y renovación, cargada de humanidad y sensibilidad, con una incorrección política medida y razonable, tal vez cine político sin pretensiones de ser político.


Al ver por segunda vez Quiero ser como Beckham, me he dado cuenta de que existe un cierto número de películas dentro del género de la comedia que tratan el tema de la adaptación de las familias inmigrantes a la nueva sociedad de la que forman parte, casi todas, por cierto, con historia de amor interracial por en medio. En casi todas, es la chica la que es de otra raza. En casi todas hay verdades que ocultar a la familia, conservadora a ultranza de las costumbres tradicionales de su país. En casi todas, el protagonista masculino descubre que a pesar de las dificultades y las diferencias culturales, las familias tradicionales y diferentes a la suya también tienen valores positivos.
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Aronofsky, uno de esos cineastas que no dejan indiferente, nos ofrece en su cuarto largo una historia archirrepetida, la del perdedor, el “looser” anclado en los buenos viejos tiempos, al que un cepo invisible le impide avanzar, ir más allá; lo interesante es la visión intimista que se hace del personaje: el guión del debutante Robert Siegel se centra en la trayectoria vital de Randy “Ram” Robinson, ese decadente luchador al que un cuarto de siglo ha dejado su legado de cicatrices físicas y emocionales. Al igual que otra de las grandes pelis de este año, Gran Torino, The Wrestler apuesta por el retrato de un personaje “extraído” de su tiempo, un tipo dos veces demasiado viejo: demasiado viejo para luchar y demasiado viejo para aprender a hacer cualquier otra cosa.
Sobre lo viejo y lo nuevo
La web 2.0 está suponiendo el mayor avance en la comunicación del ser humano. Un ejemplo es la difusión que tienen los artistas nóveles gracias a Youtube, en esta ocasión quería descubriros a la increible Julia Nunes.